Frente a los muchos deseos de muchos de verme sufrir mucho la gota gorda debo reconocer que no robé a ningún gato sus vidas. Tengo previsto utilizar únicamente la mía, lo prometo. En mi andar, reconozco a mi persona hostil con el entorno, siempre pensando en los diversos modos en que una loca e irreverente conspiración internacional intenta poner fin a mis días. Pero caduco cualquier intento en forma intencional ni bien nace para no darle lugar a sus cavilaciones insurgentes, divergentes, atrapantes, inocentes, incongruentes, desafiantes, recurrentes y asfixiantes. Sin más, me despido de usted, despidiéndolo amablemente y sin indemnización alguna, tal como el monstruo de la laguna que es Ness desde la cuna y su estropicio no vacuna como COVID en altura y descendiente de Labruna. ¡Quitaos de en medio de mí aceitunas de la pizza! Ya quisiérais regresar a vuestros quesos muzzarela. Pues quitaos os he dicho y no se quitan, he de hacerlo manualmente. Achís!
"No importa la edad que tenga, nuestras almas tienen la misma edad". En cuestiones de amor (de verdadero amor) es comprensible que se pasen por alto algunas cuestiones meramente no visibles a simple vista, precisamente por tener el obstáculo de los sentimientos nublando nuestra razón que nos lleva a cometer locuras, las cuales, en nuestros días de decisiones más lógicas y frías, jamás dejaríamos que se instalen en nuestra vida. Así sucede con el amor. Es impredecible. Shockeante. Llega sin aviso. Golpea cualquier estructura que hayamos levantado en nuestra mente y rompe con toda estabilidad alcanzada hasta el momento. De pronto nos encontramos en un torbellino irrefrenable de situaciones inesperadas y confusas (por lo veloces) que nos llevan a meditar (cuando tenemos el tiempo para hacerlo, si acaso lo lográramos) sobre lo importante que es "esperar lo inesperado" como decía el sabio "Pequeño saltamotes" de la serie ochentosa Kung Fu interpretada por e...
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