Máscaras

Somos una serie de máscaras que nos hemos dedicado a forjar a lo largo de nuestro crecimiento.

Ahora que lo escribí, noto que "crecimiento" es también una máscara para no tener que decir "envejecimiento", que es lo que en verdad sucede.

Somos más viejos que ayer y menos que mañana. ¿No suena a cliché? Pues es un excelente cliché.

El tema (volviendo a él, de una buena vez) es que las máscaras las vamos creando a medida que vivimos.
No siempre son falsas. En ocasiones, estamos felices y vemos que esa felicidad se contagia a otras personas y eso, hace que estemos aún más felices. Entendamos a la felicidad, pues, como un bucle virtuoso aunque, de ninguna manera, infinito.

Dado que la experimentamos y sabemos que es buena, agradable y bien aceptada socialmente, podemos usar la máscara de la felicidad en reiteradas ocasiones. Aún en aquellas ocasiones en las que no estamos felices.

La cuestión es que sabemos que la tristeza también contagia tristeza y resta felicidad. Y como sabemos lo bien que nos sentimos cuando estamos felices, no queremos que nuestra máscara de tristeza choque frontalmente con las máscaras del resto del grupo, restándoles felicidad a los demás.
Es por eso que volvemos a calzarnos la máscara de la felicidad y fingimos.
No por mentir, sino por amor.

Ahora bien... ¿Está bien fingir? ¿Acaso fingir no es una mentira?
Las mentiras son hijas del mismo infierno (padre de toda mentira).
Si fingimos algo que no vivimos, estamos siguiendo el juego al diablo sin importar nuestras buenas intenciones.

Un dicho dice que el camino al infierno está lleno de buenas intenciones. "Res non verba" (Hechos, ¡no palabras!). Dejemos de mentir al resto (y a nosotros mismos) y hagamos lo que tenemos que hacer, sin máscaras!

La sinceridad también tiene premio.

Que tengan una buena semana!


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